La primera vez

14 Aug La primera vez

Os quiero dar la bienvenida a este blog. Es el primer post y tal y tengo un montón de cosas que contaros. Que tampoco es cuestión de contarlas todas ahora, sobretodo porque no me quiero quedar sin tener nada más que decir a las primeras de cambio y que esta primera entrada se convierta también en una última (que podría pasar). Yo más bien tengo pensado en ir viviendo y contando y contando y viviendo dado que, como dijo Sampedro, el tiempo no es oro; el tiempo es vida. “Este escrito primerizo también es una bienvenida, porque aunque la web no es exactamente como mi casa -no tiene salita ni tostadora- estas teclas son un poco como mi hogar. Y estaba yo pensando que existen muchísimas formas de dar la bienvenida. Hay lugares en los que cuando llegas por primera vez la gente se empeña en enseñarte toda su casa, azulejos del baño incluidos. Dependiendo de la latitud en la que te encuentres resulta que llegas a un sitio  y se espera de ti o bien que te quites los  zapatos o bien que no te los quites en absoluto, por no hablar de como ejecutar el acto por excelencia de la bienvenida, a saber, saludarse. Besarse en la mejilla (¿una, dos, tres, cinco veces?), o darse la mano, o quizás mejor abrazarse, o aunque sea levantar la mano o la cabeza en señal de reconocimiento o finalmente todo a la vez porque has olvidado lo que tienes que hacer y de repente te abalanzas sobre el ingenuo desconocido al que querías dar la bienvenida y a quien has acabado abrazando y besando a la vez que le das la mano cual energúmena de los saludos y las bienvenidas (que también podría pasar).
Damos la bienvenida a los amigos, al año nuevo, a los bebés, a las sandalias, a los extraños, a la primavera, a los extraterrestres, a los amores y a lo que tenga que ser (que sea), un poco confusos y ridículos, porque las primeras veces que haces algo o vuelves a hacerlo suelen ser bastante raras. Puede pasar que al ponerte las sandalias te veas los pies blancuzcos y esmirriados, los aliens no lleguen exactamente en  son de paz y los extraños, los extraños seguro que son muy extraños.
Recuerdo la primera vez que conté cuentos delante de otras personas que habían venido a eso y no que pasaran por allí casualmente. Llevaba un vestido azul con pajaritos blancos que me había comprado para la ocasión. Desde aquel día cogí la manía de comprarme un modelito cada vez que contaba cuentos. Aunque la verdad es que cuando empecé a contar con una cierta asiduidad tuve que abandonar este maravilloso hábito que mermaba mis ingresos y me hacía correr el peligro de que me llamasen la lady Di de los cuentos. Estuve investigando y al comprobar que incluso ella repetía traje, me sentí libre para repetir modelo y cuento.
Aquel día, justo antes de empezar, estaba yo en una habitación intentando concentrarme y aislarme del mundo, aunque lo que realmente tenía ganas de hacer era irme pitando de allí. Y este síntoma es muy de las primeras veces, aquel delicioso momento en el que quisieras huir y piensas ¡Quién me manda a mi! Pues al parecer es precisamente en ese momento cuando empieza lo bueno.
Rubén Martínez, el profesor del curso de narración que nos había metido a unas cuantas insensatas en aquel embolado, vino a verme y me habló para que estuviese tranquila.
De aquella charla no recuerdo mucho (lo siento, Rubén) pero al final sé que salí y no fue tan terrible. La gente del público (que suele ser muy generosa, y más si te quieren) aplaudió con una sonrisa en la boca. Conté los cuentos que tenía preparados, no recuerdo muy bien ni cuales eran ni cómo debí hacerlo. Cuando acabé, me fui para casa contenta. Al fin y a al cabo aquel día  había conseguido lo más importante de todo: que nunca más sería la primera vez.
Esta primera vez también parece que llega a su fin. Y al llegar a estas líneas pienso que de nuevo puede que no haya sido para tanto. No os he tenido que enseñar la mampara nueva ni invitaros a tomar un té porque no tengo cafetera. Tampoco os he tenido que abrazar ni besar, aunque eso sea una lástima (en unos casos más que en otros).
Espero, eso sí, que volvamos a encontrarnos.
Tània.

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